Miranda, o cuando el amor maúlla

Esta bolita de pelo sinvergüenza ha sido otra de tantas cosas inesperadas que llevan ocurriendo en esta última etapa de mi vida. Tras más de cinco años desde que me dejó Kiwi, mi último hijo peludo en formato de hurón, aún no tenía claro si era un buen momento para que hubieran de nuevo cuatro patas nuevas caminando por mi casa, pero estas cosas, cuando llegan, llegan, y sobre todo últimamente, que me siento mucho más abierto a vivir y a sentir sin racionalizar cada acto y cada decisión.

Y aquí me encuentro en los primeros días de este año, en Buenos Aires, visitando la clínica veterinaria que rescató a su madre embarazada y la cuidó de los malos tratos que había sufrido en la calle. Sus dos hermanos habían sido adoptados, y quedaba ella, que me maullaba insistentemente tras el cristal. El primer encuentro fue el clásico evitativo que arengaba a mi compañía a que la adoptara ella, pero un poco más tarde, un segundo encuentro a solas confirmó el flechazo y ese sentimiento que aún me cuesta entender, cuando un gato te elige.

Lo que vino después fue una vorágine de decisiones viscerales, papeleo, burocracia y gestiones veterinarias hasta el momento en que, por fin, Miranda aterrizó en Madrid y conoció por primera vez el invierno por primera vez en sus cuatro meses de vida. El viaje continuó por tierra hasta mi casa de Málaga, donde se adaptó tan rápido que muchas de mis precauciones quedaron obsoletas. No pasaron ni cinco minutos y estaba explorando toda la casa e incluso jugando, es como si ya conociera ese lugar.

Y ese sería su comienzo y su personalidad, una bola de pelo eléctrica que corría sin control de una punta a otra de la casa, que jugaba, reclamaba atención, que dormía conmigo, y que creó un vínculo muy especial que hoy en día se sigue consolidando de diferentes maneras. La vida me puso una gatita en mi camino, y ahora tengo la casa llena de pelitos y de amor.

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