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agosto 2013

Dejándome empapar a pedales

lluviaza

Ayer al salir del trabajo por la noche (sí, por la noche) me encontré con una típica tormenta de final de verano, con sus truenos, sus relámpagos y toda la parafernalia meteorológica que la acompaña.

Se puede decir que mi relación con la lluvia sobre la bici es una mezcla de amor-odio. Por una parte están las salpicaduras, el agobio del chubasquero y la incomodidad de manejar la bicicleta en unas condiciones complicadas. Por otro lado está la sensación de libertad, la agilidad, la superioridad frente a las cuatro ruedas, e incluso el júbilo si uno aprende a divertirse en vez de empeñarse en luchar y quejarse (la naturaleza no es el enemigo).

Siempre llevo en la maleta de la bici un chubasquero para estas ocasiones pero como aún es verano y a pesar de la tormenta, no hace frío por estas latitudes, decidí por una vez no usarlo y fundirme completamente con la lluvia. Aunque sé que es una pequeña locura inasequible al día a día, asumí el empapamiento y decidí no huir del agua por una vez, sino disfrutar de ella.

Nada más salir, guardé todas las cosas que suelo llevar en los bolsillos como el teléfono móvil y las llaves en mi maleta estanca, y me eché a la calle a disfrutar de cada kilómetro hasta mi casa, a sabiendas de que al llegar a ella me esperaba un buena ducha y un cambio completo de ropa. Creedme, es una sensación de la que se aprende mucho, y que recomiendo experimentar cada cierto tiempo, como ejercicio para recordar quiénes somos y dónde nos encontramos.

Quién sabe mañana

manananose

Encontrar un cartel así por la calle como mínimo obliga a pensar y a reflexionar a un ser sensible al significado de las cosas, y la suerte de haber llevado mi cámara encima me permite contarlo de una manera más gráfica.

Resulta curioso con todo lo que solemos algunas personas analizar la vida y reflexionar sobre ella, frecuentemente acabamos funcionando a base de estímulos. Es difícil ser constante y trabajar sólo con la propia energía y voluntad, necesitamos recordar por qué hacemos lo que hacemos y pensamos lo que pensamos. Un cartel así es un estímulo más para recordar cosas básicas, y eso es lo que he dicho: un estímulo para provocar reflexión, para provocar movimiento.

Me ha gustado encontrar ese cartel porque es cierto que a veces olvidamos que el mañana es pura invención, y preocuparse o querer saber al respecto, supone gastar energías en una ficción constante, puesto que lo único que es real es este momento, y no mañana, que no existe ni existirá. Aunque mañana… no sé.

Mi primera vez con Linux

mandrake

La foto que acompaña este texto es la foto de un tesoro. Es la simulación del unboxing de la versión en soporte físico del extinto Mandrake Linux 8.1 y es el retrato de mi primer contacto con Linux, el momento que marcó un antes y un después en la forma de relacionarme con un PC. Puede parecer exagerado y tendencioso, pero es así como lo concibo casi doce años después.

A pesar de que Linux es gratuito y libre, por entonces tenía una conexión a Internet de 56k sin tarifa plana que hacía imposible plantearme bajarme una ISO y grabarla para instalarlo cómodamente, algo totalmente corriente hoy en día. Así que, entre tres personas compartimos las 11000 pesetas que costaba el pack oficial de la distribución de Mandrake, una de las que supuestamente eran más sencillas de instalar, e instalé con orgullo mi primer Linux en mi por entonces Pentium 200 MMX con 32MB de memoria RAM sin ningún tipo de problema.

Doce años después, no concibo manejar un ordenador sin un sistema de paquetes totalmente metódico y ordenado, ni usar un software que no sea libre (salvo contadas excepciones). Tampoco podría vivir sin un sistema de archivos totalmente robusto como es ext4, sin un sistema de cifrado de volúmenes como EncFS y mucho menos sin un sistema de unidades de red cifrado como es SSHFS entre otras cosas. No recuerdo lo que es un virus, una vulnerabilidad grave sin solucionar, un navegador plagado de barras instaladas por error, una barra de notificación plagada de funciones absurdas, lo que es tener que reiniciar para instalar un driver, lo que es el funcionamiento degenerativo de un sistema y así un largo etcétera.

En definitiva, cada vez que miro esta reliquia de la fotografía, y cada vez que pongo mis dedos sobre el teclado, me alegro hasta el infinito de haber tomado la decisión de darle una oportunidad a ese por entonces desconocido sistema operativo del pingüino.

Sin frenos

sinfrenos

Sin frenos o Premium Rush (David Koepp, 2012) es la película más reciente que he visto. Aparte de las referencias previas que ya tenía, sólo con observar el cartel se intuye que es una película de esas de las que ya se conoce previamente lo que uno puede esperar, una de esas que no importa ver a trozos, una película de sábado por la tarde.

Mis primeros sentimientos al comenzar a verla hicieron aflorar mi indignación de sufrido y luchador ciclista urbano, maldiciendo en silencio las mil y una negligencias que comete el aclamado protagonista y lamentándome por la perpetuación del ya de por sí maltrecho concepto que se tiene de nosotros (los ciclistas) en la ciudad. Sí, yo pienso que la regulación del tráfico está pensada para los vehículos a motor y contraviene a las bicicletas, y con la cabeza bien alta no me ruborizo declarando que paso a diario algunos semáforos en rojo necesarios para coches y absurdos (e incluso perjudiciales) para bicis, pero siempre sin arriesgarme a provocar una situación de peligro ni para conductores ni para peatones.

Luego me relajé y reflexioné sobre la imposibilidad de que una película parida al otro lado del Atlántico norte pudiera ser de otra manera, pues estaba claro que para que fuera rentable tenía que tener acción trepidante y un guión fácil de digerir, y eso es menos probable si el protagonista se llama Koenraad y maneja afable y orgulloso su bicicleta holandesa por las calles empedradas de Amsterdam, por ejemplo.

Así pues, aparte de los topicazos americanos metidos con calzador como el chulo musculitos con un vehículo mejor que quiere quitarle la chica a nuestro protagonista débil pero con carisma y entrañable para el público, o el malo malísimo que se vuelve torpe en los momentos necesarios, es una película entretenida, al menos, y uno llega a los títulos de crédito deseando coger la bici y perderse en el asfalto.

Por último, aparte de las apreciaciones cinematográficas, también me hace cierta gracia la apología que se hace a favor de las bicicletas de piñón fijo o fixies en un momento en el que vuelven a estar muy de moda entre la muchachada alternativa y los hipsters. Realmente me encantan ese tipo de bicis, pero contemplar cómo un tirillas con su fixie de acero le gana una carrera (cuestas mediante) a un portentoso musculitos con sus marchas y su cuadro de fibra de carbono, pues me hace bastante gracia. Pero sobre lo que me parece práctico y lo que no para moverse a pedales en la ciudad ya hablaré en otra ocasión.

Palabras (IV)

La miré ansiosamente; pero su cara, de perfil, era inescrutable: con sus mandíbulas apretadas. Respondí con firmeza:

—Usted piensa como yo.

—¿Y qué es lo que piensa usted?

—No sé, tampoco podría responder a esa pregunta. Mejor podría decirle que usted siente como yo. Usted miraba aquella escena como la habría podido mirar yo en su lugar. No sé que piensa y tampoco sé lo que pienso yo, pero sé que piensa como yo.

—¿Pero entonces usted no piensa sus cuadros?

—Antes los pensaba mucho, los construía como se construye una casa. Pero esa escena no: sentía que debía pintarla así, sin saber bien por qué. Y sigo sin saber. En realidad, no tiene nada que ver con el resto del cuadro y hasta creo que uno de esos idiotas me lo hizo notar. Estoy caminando a tientas, y necesito su ayuda porque sé que siente como yo.

Ernesto Sábato, El túnel (1948).