Esta subespecie del cagaprisas común es fácilmente avistable en casi todos los núcleos urbanos señalizados de la geografía peninsular y es fácilmente identificable por la poca eficacia que deriva de la manifestación de su impaciencia extrema. Sus ejemplares no son gregarios pero es frecuente verlos mezclados con manadas de otras especies en las colas de los semáforos.
Su principal característica es la conducta que les da nombre. A menudo, el tonto del ámbar se encuentra a varios coches de la luz del semáforo de las intersecciones e intenta cruzar en el último momento del ámbar, quedando casi siempre atrapado en mitad del cruce en momentos de congestión de tráfico (algo frecuente por otra parte), obstaculizando frontalmente a las especies que quieren cruzar con luz verde en el carril transversal.
Si la ciudad fuera un documental sobre la sabana africana, el tonto del ámbar sería sin duda el ñu gilipollas que por su nefasta prisa se queda atrapado al cruzar el río y es devorado por los cocodrilos, salvo que en el caso de la urbe la peor de las consecuencias sería quedar atrapado y con suerte ser objeto de frustraciones en el carril transversal y de la indiferencia de los guardias de tráfico, aparte de, haciendo honor a su nombre, quedar como un tonto.
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El especímen madrileño (cagaprixas capitalensis) se caracteriza también por el cambio constante de carril y la absoluta seguridad de que la vía de circulación es suya en exclusiva.
Destacan también:
– por su ferocidad el cagaprixas c. cagontupadrix, que agita las extremidades que deberían sujetar el volante, a modo de aspavientos y amenazas «sicilian style».
– por su modus operandi de «última hora», el cagaprixas c. marchatrás, que en el último momento, viendose rodeado de otros vehículos, frena su prisa para dar marcha atrás, esté quién esté en su trayectoria reculatoria.
Seguiremos informando para A-Pedal Geographic desde la capital del humo.