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Libros

Dos años de libros electrónicos

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Por estas fechas hará unos dos años que decidí dar el salto entre los libros de papel y los libros electrónicos. De alguna manera era cuestión de tiempo, teniendo en cuenta las ventajas que me ofrece, y lo que adoro la lectura. Aunque soy una persona profundamente hedonista, en este terreno no soy de esos puristas que no quieren renunciar al papel porque huele bien y da gustito tocar las páginas. Mi único impedimento era «tener otro aparato más» y la huella ecológica que pudiera tener mi cambio de hábitos.

Finalmente me deshice de esos impedimentos porque ambos son relativos a la cantidad de libros que se tiene el hábito de leer, y curiosamente el mayor problema que he tenido (y quizás el único) ha sido más bien el sufrimiento al que somete la enfermiza e hiper-controladora industria de gestión de derechos a quien pretenda ser un usuario legal pero no esté dispuesto a los abusos a los que debe someterse para «legalizar» su calidad de usuario. Sobre este tema hablé bastante en varias ocasiones (Mi aventura con el libro electrónico – primera parte, segunda parte, y tercera parte) explicando el via crucis.

Dejando aparte el sabor amargo del intento frustrado de ser un lector legal a ojos de la industria, el salto al libro electrónico solo me ha traído satisfacciones y novedades interesantes con respecto a los libros en papel:

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Mi aventura con el libro electrónico (tercera parte)

Este es un capítulo más de mi relación de amor y odio con el libro electrónico. La historia de lo difícil que es hacer las cosas bien cuando «el dueño de todo» te pone una zancadilla detrás de otra. Después de la última vez que regalé mi dinero a cambio de nada comprando un libro con DRM, hace unos días volví a intentar ser legal, y volví a meter la pata (el hombre es el único animal que… ya lo sé, pero mis intenciones son buenas).

Vagabundo, de Xavi Narro

Viene a resultar que un alma caritativa, me prestó un libro en papel, pensando que podría ser de mi agrado, y comencé a leerlo. El libro en cuestión se llama Vagabundo, de Xavi Narro, y es una especie de diario de viaje, de la aventura que le llevó a dejar su trabajo y dar una vuelta al mundo en bici durante quince meses. Su lectura resulta apasionante a cualquiera que le inspiren este tipo de historias, pero desgraciadamente lo que me motiva a escribir este nuevo capítulo no son las bondades del libro (que las tiene) sino mi último encontronazo con el «establishment» del libro electrónico actual.

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Escritos para desocupados

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Escritos para desocupados es uno de los libros más inspiradores que he leído últimamente. Me gusta mucho el estilo de escritura de Vivian Abenshushan, su autora, que convierte un denso ensayo de 300 páginas en un manjar para el cerebro y un exquisito pasatiempo.

Descubrí este libro el pasado mes de agosto a través de Yorokobu, una de mis lecturas online predilectas. El nombre del artículo era revelador: «Mate a su jefe», que parafraseando uno de los capítulos de del libro, presentaba la obra a través de una oportuna e ilustrativa entrevista a su autora.

La buena noticia es que la autora, fiel a sus principios (los cuales admiro) decidió poner el libro en libre descarga en la web Escritos para desocupados (ahora mismo no está online, no sé por qué), y la no tan buena es que el único formato disponible era el PDF preparado para impresión, porque habría sido una gozada poder leerlo en un formato como el epub.

Recordando la definición con la que se describe el propio libro, «Escritos para desocupados es una colección de ensayos breves, vagabundos y heréticos, entregados abiertamente al proselitismo de una nueva forma de vida: la vida ociosa».

Y para reafirmarme en admiración por este libro, apenas me basta recordar uno de sus párrafos más citados:

¿Siente usted que trabaja cada vez más y tiene cada vez menos (tiempo, dinero, deseo, ímpetu)? ¿Cree que sus vacaciones son demasiado cortas o demasiado caras o demasiado aburridas? ¿Ha sentido, al menos una vez en la vida, el deseo de llegar tarde al trabajo o de abandonarlo antes de hora? ¿Es usted un trabajador autónomo (un free lance) y cada mes su vida pende de un hilito? ¿Ha pensado que las horas que tarda en desplazarse al trabajo y en regresar a su casa podría emplearlas en hacer el amor? ¿Aborrece a su patrón? ¿Cuántas veces le ha ocurrido que, incluso estando fuera del trabajo, sólo puede pensar en el trabajo? ¿Sospecha usted que aun si trabajara los domingos nunca tendrá una vivienda propia? ¿Cuántas veces ha deseado estampar en la cabeza de su jefe el recibo de su salario? ¿Desea abandonar su empleo pero teme dar un salto al vacío o quedarse sin jubilación? ¿Se pregunta si tiene remedio todo esto? ¿Qué puede hacer? ¡Pare de sufrir! MATE A SU JEFE: RENUNCIE.

Semejante párrafo puede sonar a apología del desorden y la anarquía, o un llamamiento a la destrucción de la ¿armonía? del sistema que conocemos, pero merece la pena bucear en sus páginas. Me tomé mi tiempo para leerlo, casi haciendo honor al argumentario del propio libro, porque quise reservarle las mejores horas de mi tiempo libre, que hoy día son bastante escasas, y es de los pocos libros que al acabarlos me dejan con ganas de más. No es que leerlo haya supuesto una epifanía personal ni que haya tomado su contenido como nueva doctrina, pero es sin duda una obra que rompe el grueso cristal que muchas veces nos separa de la realidad (sí, la de verdad).

Mi aventura con el libro electrónico (segunda parte)

Siete meses después desde que escribiera sobre mi epopeya de transición del libro de papel al electrónico, puedo decir que este tiempo me ha servido para constatar que tanto las virtudes como los problemas persisten.

Resumiendo un único caso, me basta para ilustrar lo que puedo contar en general sobre cómo está la situación hoy en día. El caso es, a través de Consumo Colaborativo, una de mis páginas de lectura frecuente, descubro la publicación del libro «Vivir mejor con menos» de Albert Cañigueral. Me parece interesante y además tiene un precio muy razonable. Aquí comienza la aventura de comprar un libro electrónico.

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Orgullo y satisfacción

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Orgullo y Satisfacción es la publicación (formato PDF y CBR) que han publicado los dibujantes que abandonaron la revista El Jueves tras la censura de la portada sobre la abdicación del rey de España.

El tema de dicha portada (la número 1932) está bastante bien explicado en este artículo de Guía del Cómic. Yo solo me limitaré a recomendar su compra, que por 1.5€ (se puede aportar más a voluntad) tengo un PDF de 80 páginas sin DRM con el que tendré lectura para muchos desayunos.

Mi aventura con el libro electrónico

Hace ya algo más de dos meses que he salido de las cavernas del libro de papel y disfruto de las cantadas virtudes del libro electrónico. Quería esperar este tiempo para no verme influido por la emoción de la novedad, y reflexionar con algo de objetividad. Conociendo mínimamente el panorama actual, como era de esperar el salto no ha sido completamente triunfal, pero merece la pena destacar algunos puntos.

El principal escollo ha sido el maldito DRM, invento diabólico de Adobe Systems, pensado en la teoría como sistema de protección para evitar la difusión ilegal de las obras de los autores, pero en la práctica un embudo de ventas para los autores y una molestia sobre-intervencionista para los usuarios (porque para la cultura somos lectores, pero para la industria somos usuarios, creo importante reseñarlo).

Por simplificar un poco la reflexión con un ejemplo, si yo me compro un Kindle solo puedo comprar libros legalmente en la tienda Amazon, y lo mismo si tengo un lector Sony (es mi caso, de hecho) no puedo comprar ningún libro legalmente que lleve DRM salvo que sea en la tienda de Sony. Y así puedo nombrar decenas de combinaciones de ejemplo.

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Palabras (IV)

La miré ansiosamente; pero su cara, de perfil, era inescrutable: con sus mandíbulas apretadas. Respondí con firmeza:

—Usted piensa como yo.

—¿Y qué es lo que piensa usted?

—No sé, tampoco podría responder a esa pregunta. Mejor podría decirle que usted siente como yo. Usted miraba aquella escena como la habría podido mirar yo en su lugar. No sé que piensa y tampoco sé lo que pienso yo, pero sé que piensa como yo.

—¿Pero entonces usted no piensa sus cuadros?

—Antes los pensaba mucho, los construía como se construye una casa. Pero esa escena no: sentía que debía pintarla así, sin saber bien por qué. Y sigo sin saber. En realidad, no tiene nada que ver con el resto del cuadro y hasta creo que uno de esos idiotas me lo hizo notar. Estoy caminando a tientas, y necesito su ayuda porque sé que siente como yo.

Ernesto Sábato, El túnel (1948).

Elogio de la lentitud

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A menudo se podría asociar un libro titulado así como una apología de la pereza o el desinterés, cuando en el fondo habla de cosas tan simples que con demasiada frecuencia se pasan por alto, sobre todo en la moderna civilización occidental. Realmente este libro no es una biblia ni una tabla de mandamientos, y mucho menos es un compendio de autoayuda de tintes místicos o new age. Realmente es un resumen de aspectos y temas en los que nuestra cada vez más acelerada vida y sociedad puede y debe reflexionar, una llamada de atención sobre la velocidad con que se hacen, piensan y sienten las cosas en este mundo donde parece que lo más importante es hacer más, llegar más rápido, comer en menos tiempo, hacer más cosas durante el día, etc, olvidando el punto de inflexión en el que la velocidad de nuestros hábitos cruza la línea que separa el disfrute de la vida de la esclavitud del tiempo.

Comienza hablando sobre hacerlo todo más rápido, la belleza de la lentitud y el movimiento slow. Todos los capítulos son monográficos, abarcando temas diferenciados como la comida, las ciudades, cuerpo y mente, medicina, sexo, trabajo, ocio, etc., y parten de un mismo eje, el de encontrar el equilibrio de la velocidad. Todo de una forma tan claramente ordenada y bien explicada que la mera lectura del libro parece ya invitar, antes de acabarlo, a vivir de una forma más desacelerada; incluso confieso sin rubor que me he tomado muchos meses para acabar de leerlo.

Lo cierto es que resulta completamente imprescindible para volver a descubrir las cosas realmente esenciales de la vida, y es que la obra va más allá de lo obvio y hace reflexionar a convencidos y escépticos.

Palabras para Julia

Agustín Goytisolo

«Palabras para Julia» es sin duda uno de mis poemas favoritos de Jose Agustín Goytisolo, y además pone letra a una gran canción del cantautor Paco Ibáñez, que a su vez inspiró la canción homónima de Los Suaves. Aquí, incluso se puede escuchar el poema recitado del mismo Goytisolo, y, respectivamente, la canción de Paco Ibáñez y de Los Suaves.

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¿Falla el formato o soy un delincuente?

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Hace ya un tiempo compré un libro para aprender Blender y ahora que me después de tanto tiempo estoy empezando a tomarme en serio esto de estudiármelo, me encuentro con un gran problema de ergonomía.

El problema es que el libro, por tener la encuadernación propia de un libro, y teniendo en cuenta que es grueso, resulta bastante incómodo para estudiar ya que es difícil dejarlo abierto sobre una página sin que se pasen las páginas solas (sobre todo al principio y al final) y/o dañar la encuadernación. Aún menos se me ocurre ponerlo sobre el atril articulado ya que es demasiado voluminoso y pesado.

Muy pronto se me ocurrió una solución: fotocopiarlo. Sí, fotocopiar mi propio libro después de haberme gastado casi 35€ en el orginal puede parecer un poco estúpido, pero la ergonomía que ganaba durante la lectura y el estudio para mí merecían la pena el esfuerzo. Pero mi gozo cayó en un pozo cuando todas las copisterías de Murcia donde quise fotopiarlo se negaban a hacerlo aduciendo el tema de los derechos de autor y el copyright Genial, no puedo fotocopiar mi propio libro.

Y vuelvo al tan traído y llevado tema de la propiedad intelectual y los formatos. De la misma forma que el soporte físico de la música (en forma de discos) está haciendo aguas, también llegará (si no ha llegado ya) el de los libros, porque igual que para mí siempre será mejor un MP3 que un disco de música, también es mucho mejor un PDF que un libro, al menos en todo lo ajeno a la literatura.

¿Y ahora qué? ¿Cerceno todas las hojas de mi libro para poder leerlo en un atril, o me compro una fotocopiadora y me convierto en un criminal delincuente?

Actualización: Drizzt ha apuntado una posible solución que había pasado por alto: usar fotocopiadoras públicas de las facultades y algunos centros de educación.