14 años de pedal y asfalto

Pedaleando por la ciudad de Málaga

Catorce no es, a priori, una cifra redonda con entidad de efeméride, pero me gusta recordar de vez en cuando esta época del año, que coincide con el momento en que decidí usar la bici como mi medio de transporte habitual en la ciudad.

Lo interesante es que mi bicicleta, que sigue siendo la misma que aquel entonces, ya me ha acompañado en mi vida cotidiana por tres ciudades de España, aunque la última vez que recordé este evento aún vivía en Murcia, la primera de todas.

El año 2007 fue importante si hablamos de movilidad. A comienzos de año me compraba mi nueva bici, y en Agosto compraba mi primer coche nuevo. Lo curioso es que fue apenas dos meses tras la compra de mi nuevo coche cuando se convirtió en mi vehículo secundario. Desde entonces, mi idilio con la bicicleta no hizo más que consolidarse año tras año, conviertiéndose en un tema recurrente en este blog y en un amor que, como reza el título de esta entrada, ya dura 14 años, y contando. Mi coche también me sigue acompañando, pero él sabe que ella sigue siendo la primera.

Y apenas hace tres meses, yo estaba aquí con mis cámaras

Vistas de Barcelona desde la calle de Verdi

Noventa días han pasado desde que me encontrara bajo el tórrido sol de mediodía en la parte más alta de la calle de Verdi, situada en el barrio barcelonés de Gràcia, una calle singular cuya longitud y desnivel hace recordar las calles de San Francisco. Estaba grabando metraje para el cortometraje que por entonces llevaba un par de meses planificando, mezclando vídeo real y animación 3D, y quería asegurarme de tener todo el metraje grabado antes de mudarme a Málaga, donde continúo trabajando en mi tiempo libre ya en la parte digital.

Elegí las horas adyacentes al mediodía solar para obtener sombras marcadas y asegurar la máxima luminosidad en las calles más estrechas. Y es que gran parte del cortometraje mostrará a Benito dando rienda suelta a sus habilidades de piloto con su kart personalizado.

Revisar las fotografías que hice para mi archivo personal, aprovechando el esfuerzo que me supuso subir hasta allí en bici bajo el sol de agosto, me hace tomar contacto con la realidad de cuánto ha cambiado mi vida en apenas lo que dura una estación, la cantidad de cosas que se han ido sucediendo en tan corto espacio de tiempo, y qué diferente era mi vida como habitante de cada ciudad en muchos aspectos.

Un año después en la guardería de mi jardín

Segunda generación de peyotes (Lophophora williamsii) en mi jardín

Hace más o menos un año estaba realizando tareas de jardinería rutinarias, que incluían cambios de maceta pero también la creación de una pequeña colonia de nuevos peyotes que habían crecido inesperadamente a partir de semillas que esparcí sin muchas expectativas meses atrás.

No sin algo de pena tengo que decir que la mayoría de ellos no sobrevivieron, quizás por haberlos pasado a una maceta individual demasiado pronto, quizás por haber quedado desatendidos en alguna ausencia, o quizás por las dos razones. Lo que sí puedo celebrar es que uno de ellos ha salido adelante hasta este momento, conviertiéndose en el primer cactus que veo crecer en mi jardín desde su mismo nacimiento.

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Aterrizando en la Costa del Sol

Centre Pompidou y zona del Muelle Uno

Málaga es la tercera ciudad en la que he vivido durante los últimos cinco años. Sin ser una persona especialmente nómada, haber movido durante este tiempo mi vida 1600 kilómetros no es suficiente para descubrir de cuántas maneras se puede vivir en cada lugar, pero sí para mantener alerta mi capacidad para sorprenderme, aprender y dejarme abrazar por las infinitas maneras de vivir. Me gusta el sur. Yo soy murciano de nacimiento, así que este trocito de España se parece bastante a lo que he llamado hogar durante buena parte de mi vida.

Aún me estoy sacudiendo el polvo del aterrizaje en esta bella tierra, pero con un nuevo habitáculo al que llamar hogar, las cosas van fluyendo mucho mejor, y voy recuperando las viejas rutinas poco a poco. Algún día haré un elogio a la rutina, esa palabra tan desprestigiada.

Una lesión en mi rodilla me ha mantenido apartado de la bicicleta este tiempo en el sur, pero he hecho pequeñas incursiones con prudencia, y, aunque en este aspecto es muy diferente a Barcelona, me muero de ganas de recorrerla con más asiduidad y aprenderme poco a poco todas las zonas interesantes como los mejores jardines, los mercados de abastos, las cafeterías y heladerías, un nuevo tostador de café local de confianza que ya he seleccionado, los trayectos más adecuados para mis rutas más frecuentes, y el sinfín de detalles personales que van a rellenar el mapa de la ciudad de mi cabeza.

Mi relación de amor con el café

La historia de amor que vivo con el café es relativamente reciente, y no ha nacido a través de un cauce previsible. Soy consumidor de café desde siempre, sin embargo, no comencé a tener una verdadera curiosidad hasta que abrazar el zero waste me llevó a incorporar hábitos de vida enfocados a reducir al máximo el residuo que generan mis hábitos cotidianos. Y son esos hábitos los que me llevaron casi sin darme cuenta a la senda del buen café.

Y es curioso el cauce porque hubiera sido más predecible aterrizar a través de cierto espíritu sibarita, pero una de las sorpresas más gratas en mi camino hacia una vida cada vez más sostenible, es este camino, y el camino hacia un buen café, eran y son increíblemente paralelos.

Comencé a sopesar la idea de comprar una cafetera italiana por su simplicidad, sus materiales, bajo mantenimiento y su longevidad, pensando en cosas de toda la vida que simplemente funcionan. En algún momento de esa búsqueda, me asomé al mundo del café espresso a través de una puerta entreabierta, y el olor me llevó hasta un mundo inmenso de conceptos, términos y técnicas relacionadas con «el buen café», dicho así para abreviar. Un mundo del que ya nunca regresé.

Me pareció sumamente fascinante conocer las variedades de café, las técnicas de lavado en origen, la producción, distribución y tostado, diferenciar por primera vez un robusta de un arábica, descubrir el café de especialidad, aprender a comprar café y a elaborarlo en casa con mimo. Como he dicho, ya nunca volvió a ser igual, y el primer Indonesia que probé recién molido, y elaborado en mi nueva máquina espresso, marcó el inicio del idilio que estoy contando con estas palabras.

Una cadena de producción de alta trazabilidad, con una calidad de producción controlada, molido al momento, tostado recientemente, comprado a granel y elaborado en mi máquina espresso me han conducido hacia un sibaritismo que, de manera totalmente natural, es además mucho más respetuoso con el medio ambiente y con los actores de la cadena de producción que otros sistemas hoy día bastante populares. Mi respeto por el entorno me llevó a dejar de consumir mal café.

Mis canarios en la puerta de la mina

A principios del siglo XX, era común el uso de canarios en las puertas de las minas de carbón, como medio para alertar tempranamente sobre la presencia de un compuesto tóxico llamado grisú. Al ser más sensibles que los humanos a la presencia en pequeñas concentraciones, su muerte era usada como un avisador de peligro inminente.

Dejando aparte una crueldad animal con la que no comulgo, hace años que traslado el mecanismo de esta práctica a la vida personal. El concepto es simple: identificar indicadores externos que hagan las veces de «canario» antes de que las consecuencias negativas se materialicen.

El contexto en el que más me ayuda esta técnica es en la prevención del estrés y la acumulación de desorden en la vida personal y las rutinas. A menudo, llegamos a estas situaciones progresivamente, sin darnos cuenta, arrastrados por circunstancias que se suceden o se prolongan, pero prestar atención a cuánto tiempo dedico a leer, con qué frecuencia cuido mi jardín más allá del riego, o incluso el hecho de escribir en mi blog es en mi caso una manera de detectar con antelación que la locomotora que conduce mi vida podría estar poco a poco saliéndose de sus raíles.

Esos son algunos de mis canarios de la puerta de mi mina. El más reciente que he incorporado es cuánto me muevo en bicicleta solo por el hecho de pasear y disfrutar del trayecto, más allá de mis desplazamientos cotidianos, un pájaro al que quizás pronto le dedique una entrada aparte.

Las aventuras de Benito

Benito disfruta de una tortilla y un vermú

Agotando las últimas semanas del innombrable año pasado, tras el punto de inflexión que supuso la finalización del proyecto Barcelona 1977 y la publicación de mi último demo reel, comencé una nueva etapa de exploración hacia el mundo de de los efectos visuales (comúnmente abreviado como VFX).

Para mis primeros proyectos hice uso de algunos modelos de mi portfolio, como Novice UFO Pilot, donde hice que Ignatius Farray condujera un el OVNI Coupé de la película El milagro de P. Tinto, saliendo por un agujero en el Parque de la Ciudadela de Barcelona.

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Ya son dos años en Barcelona

Recién instalado en la nueva ciudad

Estos días he recordado cómo hace ya unas cuantas semanas se cumplían dos años desde que decidí mudarme a Barcelona. Ha sido un período voraginoso en el que se sucedió una cantidad de acontecimientos imposibles de vaticinar aquella mañana temprano en Murcia que estaba cargando mi coche en Murcia con las cajas de mudanza.

En dos años han sucedido varios cambios laborales importantes, una pandemia mundial, dolorosas pérdidas, once proyectos personales, la exploración de bellísimos rincones de Cataluña, y por supuesto grandes momentos personales, incluyendo logros y victorias, y el descubrimiento de personas maravillosas.

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Primera floración de mi Kalanchoe orgyalis

Creo que no he esperado tanto la culminación de una floración en el pasado. El pasado mes de octubre regresé a casa después de una semana fuera, y al revisar el jardín encontré lo que inicialmente parecía un crecimiento repentino, pero, con el paso de las semanas comprobé que en realidad estaba presenciando el inicio del desarrollo de su primera vara floral.

Mi Kalanchoe orgyalis no había florecido nunca antes durante los diez años que ha pasado conmigo, y no tenía una idea de cómo serían sus flores. Me prometí no buscar imágenes en Internet para conservar la sorpresa, pero esa sorpresa se hizo esperar medio año.

Seis meses casi exactos tardó desde el inicio de la vara floral hasta que se abrió la primera flor. Durante mucho tiempo, especialmente los últimos meses, comprobaba casi cada día si alguna de las flores había comenzado a abrirse, puesto que con bastante antelación ya empezaba a adivinarse el color amarillo que iba a tener, pero no fue hasta hace unas pocas semanas que me regaló la primera floración.

A decir verdad, estas no son las flores más llamativas de entre los kalanchoes que conozco (sobre todo comparadas con las del popular K. blossfeldiana o el K. daigremontiana), pero lo más bonito es que todo el proceso de floración se ha sincronizado con el transcurso de un eposodio personal de mi vida, razón por la cual ya merece sobradamente esta mención.

Sobre ver amanecer

Amanecer en Barcelona

Nadie puede negar la belleza de un amanecer y el romanticismo implícito a muchos niveles. Siendo algo tan sencillo, ver amanecer es algo que tenía ganas de experimentar desde hace mucho tiempo, pero que he postergado desde siempre. La aversión a madrugar era un gran escollo, pero no menos importante que un ritmo de vida que rara vez deja espacio para placeres simples y terrenales como este.

Si hay un momento para conectar con este tipo de experiencias, es este presente tan raro que estamos viviendo, cada uno a su manera, así que un día decidí preparar la mochila con algo de desayuno y el equipo fotográfico para el día siguiente. La intención era levantarme lo suficientemente temprano para estar allí arriba antes de que amaneciera.

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