Dilemas, decepciones y mascarillas en la era COVID

Desde el inicio de la pandemia he experimentado un terremoto interior en mi estilo de vida sostenible tal y como lo venía desarrollando. De repente, el plástico volvió a la palestra como adalid de una falsa seguridad, y por otro lado, también comencé a preocuparme por el impacto que iba a tener sobre la compra «expuesta» a granel (como si en un supermercado no estuviera todo expuesto).

En general, me he mantenido como férreo defensor del consumo de proximidad y la compra en mercados locales, pero hay situaciones que realmente acaban poniendo a prueba. Si bien en un mercado local siempre he encontrado mayor calidad de productos frescos, garantías con el origen del producto, y un trato mucho más cercano, en esta era COVID, he tenido que experimentar situaciones que han puesto a prueba mis principios.

Como cada semana, realizo mi compra en el Mercat de Montserrat, el lugar donde lleno casi toda mi despensa desde hace más de un año. Siempre me encuentro con alguien que lleva la nariz por fuera de la mascarilla, como en todas partes desgraciadamente, porque no ha enraizado aún una cultura colectiva de respeto a la salud pública, y acepto con resignación que no se pueden poner puertas al campo (al menos no de la noche a la mañana).

Mi última experiencia fue más desagradable, porque volví al puesto donde solía comprar desde el principio, y que estuvo cerrado durante la pandemia. La particularidad frente a los demás es que permitía (y permite) seleccionar la compra mediante autoservicio, pero me horrorizó encontrar a un cliente campando tranquilamente sin mascarilla, sin que ningún responsable le llamara la atención. Estuve a punto de vaciar las bolsas que había llenado y hacer la compra en otro lado, pero no me gusta ser tan impulsivo, así que pagué lo que llevaba, coincidiendo con el cliente en paralelo en la otra caja, y comprobé que no era un despiste, sino que la vista gorda era totalmente consciente.

Subí a la segunda planta para hacer el resto de la compra en el puesto donde he estado comprando durante la pandemia, mientras mi puesto habitual estaba cerrado, y mientras esperaba mi turno, entró un dependiente con la nariz fuera. Respiré profundo y seguí esperando, -«no quiero ser tan radical»-, pensé. Pero otra dependienta que estaba despachando (y que ya tenía la nariz fuera desde el principio) se bajó la mascarilla completamente mientras seguía sirviendo a una clienta y conversando con ella animadamente. Lo siento mucho, pero no. No voy a ser un policía de la COVID, pero no quiero soportar esto. En ese momento, me marché con mi turno en la mano.

La parte agridulce de la historia es que terminé de hacer la compra en un conocido supermercado que siempre había evitado. Agria porque he acabado consumiento en un establecimiento cuyo modelo de negocio contradice mis principios en varios aspectos, y dulce en cuanto al incómodo alivio y bienestar que sentí comprando en esa cadena de supermercados, donde todo estaba limpio y preparado, y todos los empleados cumplían rigurosamente las normas higiénico-sanitarias.

Solo espero que sea una mala experiencia aislada, y pronto encuentre un buen lugar donde hacer la compra, porque va a ser difícil apoyar el comercio local, el producto de proximidad y la compra a granel con esta falta de conciencia no ya de los clientes, sino de unos pocos trabajadores, que, siendo pocos, tienen con su actitud un poder normalizador mucho más importante que los clientes que van y vienen.

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