Vuelta de la ciudad sin nosotros

Una flor asomaba soberbia entre muchas otras, en la zona central ajardinada de la avenida Meridiana. Junto a ella, lavandas, alisos, y muchas otras, también explotan en un confeti primaveral. Este eje vegetal que vertebra la parte rehabilitada de la avenida, transcurre bífido entre el paseo peatonal central y los carriles bici laterales, y en muchos tramos, asoma intrépido fuera de los límites que la planificación urbana le marcó originalmente.

En estos dos meses de confinamiento, los jardines de la ciudad han crecido sin dueño y sin cotas, prácticamente sin que nadie que les moleste. Estos días de progresivo despertar, las plantas ornamentales rebosaban orgullosas sus alcorques, y otras tantas, más rebeldes y menos ortodoxas al ojo humano, asoman traviesas entre los huecos de bordillos y baldosas.

Salir por primera vez por la ciudad tras esta experiencia de aislamiento humano se siente como despertar de una noche de resaca; todo es percibido de manera diferente. Si bien el ruido y el olor a gasoil son cosas que preferiría haber olvidado para siempre, la naturaleza recuperando la ciudad, nuevos carriles bici, espacios peatonales recuperados y quizás una nueva conciencia incipiente, quizás, y solo quizás, puedan hacer que este mal sueño haya merecido algo la pena.

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