Mi biblioteca bonita

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Los libros han estado ligados desde siempre a mi vida de una manera u otra. De pequeño tuve la suerte de crecer en una casa poblada con numerosos libros de todo tipo todo el tiempo al alcance de la vista y la mano, desde enciclopedias hasta clásicos de la literatura universal. Sin duda era (y es) el caldo de cultivo perfecto para crear un futuro lector.

Durante mi niñez y juventud leía sobre todo novelas y cuentos, aunque también devoraba libros divulgativos sobre los temas que me iban interesando sucesivamente (animales, minerales, geografía, música, etc.) por lo que es de esperar el gran volumen de libros que he ido acumulando a lo largo de los años, sin contar las largas horas que he pasado en la biblioteca pública.

Mi adopción del libro electrónico como nueva forma de lectura no solo tuvo consecuencias en mis hábitos de lectura, también la tuvo en los libros de mis estanterías, que acabaron archivados en cajas de cartón (al igual que mis discos de música), regalados a amigos o donados, al calor de un también creciente interés por el minimalismo.

Estrictamente hablando, no me arrepiento de aquella decisión, pues mi involucración en el minimalismo no ha hecho más que consolidarse desde entonces, pero si bien sigo usando la regla “less is more” para casi todo, en el caso de los libros he descubierto un pequeño matiz a nivel personal: me gusta verlos. No se trata del típico sentimiento romántico de querer oler las páginas o pasar las hojas con la mano, se trata de algo más interno e inconsciente. Si tengo libros cerca, me siento bien.

De la misma manera que usamos elementos estéticos y sensoriales en nuestro entorno para mejorar nuestro bienestar como usar música, ambientar con olores o elegir una decoración adecuada, he descubierto que la presencia de libros me equilibra de una manera que pocas otras cosas logran.

De esta manera, he decidido conciliar mi necesidad de rodearme de libros y mi irreversible matrimonio con el minimalismo seleccionando unos pocos libros que considero muy importantes, tanto por el valor personal como por su condición de referencia imprescindible, de manera que compré en versión impresa algunos libros que ya había leído en digital y consideraba perpetuamente imprescindibles como The Animator’s Survival Kit de Richard Williams o 125 principios fundamentales de diseño de W. Lidwell u otros que por diferentes razones me marcaron como Ética promiscua de Dossie Easton y Janet W. Hardy o Elogio de la lentitud, de Carl Honoré.

Como resultado, he ido creando con el tiempo una especie de escueto paseo de la fama con una pequeña colección de los mejores libros, una selección de las obras que me apetece ver cada día, porque es difícil explicar cómo un libro puede inspirar no solo con su lectura, sino con su mera presencia.

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