Ahora que vuelvo a la bici

Seguramente la primera pregunta que se harán los cuatro lectores de este blog es ¿vuelve? ¿es que alguna vez la dejó? La respuesta corta es “no exactamente”. La respuesta larga viene a continuación.

Hoy día, hace algo más de un año que una serie de circunstancias me llevaron a adquirir una moto. Por entonces hacía más o menos un año que lograba la licencia y las circunstancias lo favorecieron. Tal y como lo veía en aquel momento, una moto de cilindrada media tenía las ventajas de una bicicleta como la facilidad para moverse y aparcar, y las de un coche como la distancia capaz de cubrir. La historia de amor de acelerar con el puño duró más o menos 11 meses, y no acabó por aversión a la moto sino por amor incondicional a la bici.

Realmente, esta es la segunda vez que “vuelvo” a la bici, pues cuando tuve mi primer coche me consagré a él. En esa primera ocasión el abandono duró dos años y acabó conmigo volviendo con más fuerza que nunca. Al final, todo me lleva a la bici, es mi vehículo, es el vehículo.

Un mes antes de vender la moto fue cuando monté mi bici por primera vez desde que la dejé aparcada. La ocasión fue llevar mi coche a su revisión anual ya que siempre he tenido la costumbre de meter la bici en el coche para poder volver del taller cuando dejo el coche. Todo lo que cuente sobre cómo me hizo sentir volver a pedalear sonará a libro de coaching barato, pero no por ello es menos cierto. Solamente apuntaré que me transportó, y no solo físicamente. Fue como volver después de mucho tiempo a un lugar importante.

Con una bici entre las piernas, se siente y percibe todo de otra manera, se respira de otra manera, y se vive de otra manera incluso cuando uno ya no está conduciendo. Algunos beneficios van más ligados a que me guste la bici más o me guste menos, pero otros son totalmente incontestables: es una máquina para hacer feliz. Esto último, aunque sé que suena a campaña de bebida refrescante, lo he comprobado una y otra vez y en todo tipo de contextos, y es que al igual que ocurre con otras maneras de actividad física, consigue mejorar totalmente el humor y el estado de ánimo, y su efecto perdura lo suficiente.

Además, he tenido la ocasión durante los últimos meses, de encontrarme con unos cuantos artículos que tratan directa o indirectamente del tema, y con los que me siento totalmente identificado, como este artículo de Carolina Chavate para El Tour de la Calle, que comparte muchas pinceladas con las que me siento totalmente identificado:

A velocidades más altas, como las de un carro, nuestra capacidad de captar belleza, de reflexionar sobre lo importante y nuestra curiosidad se atrofian, y ya no se pueden ver más que estorbos y oír más que ruidos. No nos inventamos el carro para poder llegar más lejos, nos inventamos las distancias, para poder usar esa máquina que nos aisla a unos de otros.

Aunque la obsesión viralizadora de muchas webs me han hecho aborrecer las listas numeradas, el artículo 10 beneficios psicológicos de ir en bici también me sacó una sonrisa al comprobar que era un compendio bastante condensado de los beneficios que ya conozco de usar la bici, sin caer en la exageración, andarse por las ramas o meter morralla mística/espiritual.

Otras lecturas que he tenido, tan simples como un pie de foto, el de esta publicación hablando sobre las cosas hermosas de ir en bici, no son quizás tan rigurosas ni pragmáticas, pero a mi manera de ver las cosas, igualmente relevantes, cuando no más.

Después de todo, mi breve affaire con las motos (las cuales me siguen gustando mucho), también ha dejado una herencia en mi manera de usar la bicicleta actualmente. Una de ellas es que ya no puedo vivir sin un espejo retrovisor, así que lo primero que hice fue comprar un Zefal Dooback que por menos de 10€ está mucho mejor diseñado que gran parte de los espejos de bicicleta en el mercado. Además, también me ha acabado influyendo la técnica aprendida para tomar curvas en la moto y agradezco mucho montar cubiertas anchas en las ruedas de mi bici, aunque ésta no permita una gran velocidad. Durante los primeros días además, eché mucho de menos (pero mucho mucho) el claxon de la moto, aunque ya he acostumbrado de nuevo a mi timbre de manillar.

Sea como sea, creo que es importante estar atento a las señales de la vida, y, en mi caso, todo me lleva a la bici.

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