Primera floración de mi Chamacereus silvestrii

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Es probable que la  mayoría de las personas ajenas a la jardinería no entiendan el acontecimiento que supone la floración de un ejemplar. Pero para un apasionado de las plantas del desierto y los cactus como es quien escribe, el momento en que descubro un indicio de posible flor (en forma de capullo) inaugura una cadena de días en los que el ritual al llegar a casa es comprobar el estado de la futura flor.

Los primeros días están repletos de dudas: “¿será en realidad un brote y no un capullo?”, “parece que no crece, ¿prosperará la floración?”, “estos últimos días han bajado las temperaturas, ¿habrá paralizado eso la floración?”. Los días intermedios me sorprendo haciendo apuestas conmigo mismo sobre el día exacto que abrirá la flor, hasta que finalmente, los últimos días miro inquieto e impaciente el capullo, oyendo dentro de mi cabeza siempre el mismo mantra: “ya está casi a punto, si hoy no ha abierto, mañana ya seguro…”. Hasta que por fín un día me asomo y descubro la flor abierta, luminosa, coqueta… Y me pregunto cómo ha podido estar tantos días gestándose y de repente, de la noche a la mañana, desplegar semejante abanico de soberbia belleza.

Si la floración ya de por sí es un bonito ritual primaveral, es aun más excitante cuando es primeriza, pues, las tres preciosas flores rojas de la fotografía corresponden a la primera floración de mi Chamacereus silvestrii, que ya se puede considerar completamente adulto y más que orgulloso, porque la floración promete ser abundante. Atrás quedaron dos años de juventud cactácea, en los que ha crecido considerablemente.

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